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John Berger es el escritor exquisito

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Con su escritura excepcional suele dibujarnos personajes increíbles, pero reales. Se propone empresas que tienen como objetivo fundamental bucear en las conductas humanas. Hace tiempo, en 1967, partió junto al fotógrafo Jean Mohr, tras las andanzas del Dr. John Sassall, con la intención de desentrañar los misterios del ejercicio de la práctica médica, en el pueblo rural inglés. Después de algunos años, esa aventura de observación puntillosa se convirtió en el libro Un hombre afortunado (Editorial Alfaguara), al que entramos con curiosidad. Silvina Friera, crítica literaria del diario Página 12, subraya, como una invitación a descubrirlo, que estamos frente a “una prosa poética admirable, bellisima .. “. El estilo de Berger.

Pero nos interesa John Sassall, el médico y sus pacientes, en un pueblito inglés; los que nos cuenta, nos relata el autor que a través del texto nos sugiere una manera de ejercer la profesión y una filosofía que se expresa en una suerte de lema: “Curar a los otros para curarse a sí mismo”.

La experiencia y el proceso de madurez en Sasall lo lleva a cambiar su idea original, según Berger, de la urgencia entre la vida y la muerte por “el presentimiento que el paciente debía ser tratado como una personalidad total, de que la enfermedad es con frecuencia una forma de expresión, más que una rendición del cuerpo a las contingencias naturales”.

Sassall reconoce que éste es un terreno peligroso, “pues es fácil perderse -escribe Berger- entre numerosos imponderables y olvidar o ignorar la información y las técnicas que han llevado a la medicina hasta el punto en el que es posible investigar ese presentimiento porque se dispone del tiempo y de las oportunidades para hacerlo … “. Sassall disfruta corriendo ese peligro. Le dice a Berger: “Hace mucho que el sentido común es para mi un tabú, salvo, tal vez, cuando se aplica a problemas muy concretos y fáciles de evaluar. Es mi mayor enemigo en el trato con los seres humanos y mi mayor tentación. Me tienta a aceptar lo obvio, lo más fácil, la respuesta que está más a mano. Me ha fallado casi siempre que lo he utilizado, y sólo Dios sabe cuántas veces he caído y todavía caigo en la trampa”.

y concluye Berger: “Ahora todas las semanas lee en detalle las tres revistas médicas más importantes y de vez en cuando hace cursos de reciclaje de alguna técnica concreta, procura estar lo mejor informado posible. Pero los casos que le satisfacen son aquellos en los que se enfrenta a unas fuerzas para las que no existe una explicación previa, porque dependen de la personalidad concreta del paciente y de su historia”.

El ensayo de Berger, hurgando en la subjetividad de este médico rural y en las reacciones de la población, resulta brillante. Con él aprende de que al buen médico se le exige (un) reconocimiento individual y profundamente íntimo (del paciente) tanto en un nivel físico como psicológico. “En el primero de ellos, el reconocimiento consiste en el arte del diagnóstico. No hay muchos médicos que sepan diagnosticar bien; ello no se debe a que carezcan de conocimientos, sino a que son incapaces de comprender todos los datos posiblemente relevantes, no sólo los físicos, sino también los emocionales, históricos y medioambientales. Buscan una afección concreta en lugar de buscar la verdad sobre la persona, lo que podría sugerirles varias. Se dice que en un tiempo los ordenadores terminarán diagnosticando mejor que los médicos. Pero los datos que se introduzcan en el ordenador tendrán que ser el resultado de un reconocimiento íntimo e individual del paciente”.

Nacido en Londres en 1926 y formado como pintor en la Central School of Arts, Berger es autor de novelas como G, ganadora del prestigioso Premio Brooker en 1972, y de la trilogía sobre el campesinado europeo “De sus fatigas”, compuesta por Puerca Tierra, Una vez en Europa y Lila y Flag.

Nos dice Friera, en su crítica en Página 12: “Alrededor de Sassall se despliega el campo -una comarca económicamente deprimida que carece de industria a gran escala- con sus pequeñas delicias, penurias y tragedias. Los campesinos son chúcaros, desconfiados, incultos, ajenos a todo ceremonial; hombres y mujeres de pocas palabras a quienes les cuesta hablar de sus dolencias. Pero el médico aprendió a mover los hilos de la conversación para obtener la información que necesita de un paciente. “Si se siente rechazado y no es bien recibido -le cuenta a Berger-, me llevará mucho tiempo volverme a ganar su confianza o puede que no la recupere nunca. Trato de darle un recibimiento abierto y afectuoso. Todo retraimiento por mi parte es un fallo. Una forma de negligencia.” El humus cultural del escritor se respira como una bocanada de oxígeno. No hay saturación de su erudición porque hilvana sus conocimientos como si estuviera hablando en voz alta con los lectores cuando repasa la larga historia del ideal del hombre universal o cuando exprime las glándulas del pensamiento de Sartre, Piaget o Gramsci. Hay muchas “clases” de médicos -artesanos, políticos, investigadores, dispensadores de socorro, hipnotizadores, hombres de negocios-, pero Sassall, al igual que ciertos navegantes, vive aguijoneado por una persistente curiosidad. Y por la necesidad de saber.

Fuente: Revista Éthica

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