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Convulsiones pediátricas

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Los padres que presencian por primera vez una convulsión creen estar viendo el fin de la vida de su hijo, sienten un doble sentimiento, de impotencia por no saber qué hacer y de angustia por su posible muerte. Sin embargo, la mayoría de las convulsiones febriles son más aparatosas que graves.

¿A quién afectan las convulsiones febriles?

A cualquier niño pequeño sano; son tan frecuentes que las tienen tres o cuatro niños de cada cien. Sólo afecta a niños pequeños entre los tres meses y los cinco años de vida, siendo la máxima frecuencia a los dos años. Pueden aparecer varias veces en el mismo o en distintos días pero siempre con fiebre. La primera crisis aparece entre los seis meses y los tres años en tres de cada cuatro niños. Antes de los seis meses es raro. Uno de cada tres pequeños con convulsiones repite, una o más veces.

¿Cómo se pueden reconocer?

El reconocimiento de una convulsión es fácil, traumático para el que lo sufre y lo ve y a la vez espectacular. La sensación que describen los padres es de impotencia y de muerte. Impotencia por no saber qué está pasando, qué sucederá en los siguientes minutos, de muerte porque se sienten observadores de la muerte de su hijo.

El niño suele tener fiebre, la mayoría de las veces por catarros de las vías respiratorias altas, catarros que suelen ser leves, y generalmente provocados por virus. A veces los padres desconocen que el niño tiene fiebre. Bruscamente el niño parece morirse, comienza con movimientos de temblor de brazos, piernas, tronco, cabeza y cuello, con pérdida de conciencia, no responde a ninguna orden, los ojos miran al infinito, a veces no respira y los labios adquieren un color morado.

En ocasiones se produce rigidez en los brazos, el tronco y las piernas y el niño queda inconsciente, otras por el contrario pierde el tono muscular y el cuerpo del niño se asemeja a un muñeco de trapo; los brazos, las piernas y la cabeza caen del tronco por la gravedad, sin fuerza.

Afortunadamente estos episodios tienen una duración muy corta, uno o pocos minutos, aunque los padres y los observadores no habituados consideran que es una eternidad.

¿Cómo actuar?

Lo más importante es abrir la vía aérea, esto es, retirar alimentos o vómitos de la boca si los hubiere, e impedir que la lengua caiga hacia atrás, obstruyendo el paso de aire a los pulmones. Esto se consigue hiperextendiendo el cuello, o sea echando la cabeza hacia atrás estando el niño tumbado, de forma que la cabeza esté en un plano más bajo que el cuello.

Como la crisis suele remitir en unos minutos, cuando se acude al hospital generalmente ya ha desaparecido. Aunque puedan repetirse más adelante, con otro proceso febril, desaparecerán sin problemas a los cinco años de edad.

¿Cómo se tratan las convulsiones?

Deben y pueden tratarse in situ, esto es, en el lugar donde aparezcan, casa, guardería. Además de la apertura de la vía aérea, para permitir el paso del aire, es necesario administrar por vía rectal un fármaco llamado diazepam u otra benzodiacepina. Estos medicamentos sólo pueden adquirirse con receta médica. Existen canuletas preparadas con estas dosis para ser administradas como un supositorio. La absorción es muy rápida y el paso de este fármaco al cerebro es inmediato por lo que la crisis cede. Después, el niño queda dormido por el efecto de la medicación y de la convulsión. La mayoría de las veces la convulsión cede antes de administrar la medicación. Cuando la convulsión persiste más de unos minutos o se repite, se debe acudir inmediatamente al hospital más cercano.

¿Pueden prevenirse?

Las convulsiones febriles pueden prevenirse con diazepam rectal u oral en pequeñas dosis. El tratamiento preventivo sólo se realiza en algunos casos y debe ser siempre indicado por el médico. Suele recomendarse durante los episodios de fiebre de los niños con historia de convulsiones repetidas de larga duración. Este tratamiento disminuye la ansiedad de los padres y el número de convulsiones.

El diazepam produce efectos secundarios, indeseables. Puede conducir a somnolencia, disminución del tono muscular y descenso de la tensión arterial. Dosis altas producen intoxicación grave que cursa con coma y ausencia de respiración. Por esta razón, debe ser el pediatra del niño quien indique cuándo, cómo y cuánto Diazepam ha de administrarse. La dosis se calcula en función del peso.

Fuente: Dr Pediatra Juan Casado

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