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HAMILTON NAKI

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Han pasado cuatro años de la muerte de Hamilton Naki y su vida merece ser recordada. No cabe duda que su historia es una de las más extraordinarias de largo tiempo.

Este sudafricano fue sin duda un gran cirujano. Todos recordarán como un gran hito de la ciencia médica, cuando en 1967 -allá lejos y hace tiempo- se realizó el primer trasplante de corazón en el mundo. Fue Naki, precisamente, el encargado de retirar del cuerpo de la dadora, el corazón que sería trasplantado en el pecho de Louis Washkanky, allá, en un hospital de Ciudad del Cabo. Esta acción médica que los avances científiicos y tecnológicos han simplificado en la práctica, en ese momento, cuando se realizaba por primera vez, ante los ojos atentos de los médicos y los ojos asombrados de los ciudadanos del mundo, resultaba más que complejo.

Se afirma que muy posiblemente este sudafricano haya sido tal vez el segundo hombre en importancia dentro del equipo que realizó el primer trasplante de la historia. Nadie ignora que el cirujano del grupo, el doctor Chistian Barnard, se transformó en una celebridad mundial. En cambio, Hamilton Naki permaneció en el anonimato. Así debía ser: Barnard era un sudafricano blanco. Naki era negro, en el país del “apartheid’. No podía salir en las fotografias del equipo. Cuando por esas jugarretas del destino, un día por descuido, apareció su imagen en una foto, el Hospital se apresuró en aclarar que se trataba de un empleado de limpieza. Los profesionales blancos participaron por convicción o por cobardía en la conspiración del silencio. Las leyes del apartheid prohibía a un negro operar pacientes o tocar la sangre de los blancos. El cine plasmó su vida en la película El cirujano clandestino.

Pero no queda allí la historia. Porque también es motivo de asombro saber que Naki, negro en Sudáfrica, jamás había estudiado medicina o cirugía. Había abandonado el colegio a los catorce años. Vivió por muchos años en una barraca sin luz eléctrica, ni agua corriente. Sólo había tenido la suerte de ingresar, primero como jardinero, luego como empleado de limpieza en la Escuela de Medicina de Ciudad del Cabo. Curioso, atento, inteligente, después de limpiar los chiqueros de los cerdos, acompañaba a los estudiantes que practicaban cirugía con animales. Con ansias de progreso humano y de servicio realizó -junto a los jóvenes que gozaban de su amistad y su bondad toda la carrera de clínica quirúrgica. Se convirtió de esta manera en un cirujano excepcional.

Tan es así que Barnard lo requirió para integrar su equipo, violando -aunque en silencio- la absurda e ignominiosa ley de apartheid. No por caridad, sino por su capacidad ampliamente comprobada. El afamado hospital, ante las evidencias, lo reconoció como cirujano, pero clandestino. Daba clases a los estudiantes blancos, participaba del equipo de cirugía que aprestaba a realizar una proeza científica, pero se le pagaba un salario como técnico de laboratorio, que era el máximo sueldo que el Hospital podía pagar a un negro.

Tan es así, que el cirujano célebre, Chistian Barnard, antes de morir, no pudo aguantar su silencio y reconoció de Naki tenía mayor pericia técnica de la que él jamás tuvo.

El sistema nefasto del apartheid. El mismo que mantuvo 27 años preso al líder negro Nelson Mandela, que oprimió a millones de personas, que ejercíó el racismo impunemente, le negó a Naki su capacidad y su gloria.

Hubo que esperar la caída del régimen, con la lucha ininterrumpida del pueblo negro por sus derechos, con la conducción de Mandela, para que Hamilton Naki fuera reconocido. Se le hizo entrega del título de cirujano honoris causa y se lo condecoró con la Orden de Mapungubwe por su contribución a la ciencia médica. “Se ha encendido la luz y ya no hay oscuridad”, dijo, emocionado hasta las lágrimas. Recordarlo, es justicia.

Revista Éthica, del Consejo Médico de Córdoba (Otoño del 2009)
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